Sexismo cromático

Si eres de los que piensa que no se ha de aprobar un aspecto sin una explicación, eres de los míos. No me gusta aceptar nada sin saber el porqué. Sí, es cierto: hay algunos que ni me planteo y los acepto; ya son tan normales en mi día a día que no me producen incertidumbre alguna. Pero si os paráis a pensar, ¿por qué el anillo de matrimonio se lleva en el dedo anular?, ¿por qué el reloj se pone, por lo general, en la mano izquierda?, ¿por qué cuando hablamos con Dios se interpreta que eres una persona espiritual, pero si Dios se comunica contigo, la gente te toma por loco?, ¿existe alguna otra palabra para ‘sinónimo’?, ¿por qué a los niños, el azul, y a las niñas, el rosa?

Aunque no lo parezca, el azul y el rosa no siempre fueron indicados así. Para situaros un poco, en el pasado, el azul se correspondía como el color femenino, haciendo referencia a las santas, princesas y a la Virgen. En cambio, el rojo era el masculino, de los príncipes, emperadores y de Jesucristo. La inversión se dio con la llegada de los conflictos bélicos, donde los soldados vestían de azul, pasando a ser un símbolo de valentía, fuerza y resalto de los valores masculinos. Es entonces cuando el hombre pasa a ser azul.

Desde que tengo un poco de noción de lo que es el mundo, he visto a los niños y niñas envueltos en gamas cromáticas iguales respectivamente. Azul para hombrecitos, rosa para princesitas. Está bien que haya una historia, que haya un porqué, pero no lo comparto. ¿Somos conscientes de cómo influyen nuestras concepciones de lo que es un hombre y una mujer en la educación de los hijos? No me parece personal ajustarse a unos prototipos preestablecidos en los que el hombre ha de correr tras una pelota de caucho, y las mujeres copiar a una muñeca que vive feliz con su Ken queriendo disfrutar de su coche rosa, su casa rosa y su maquillaje rosa. No tiene porqué ser así.

Objeto de una educación sexista, niños y niñas no son tratados del mismo modo. ¿Vemos con buenos ojos que un niño juegue con muñecas?; ¿aceptamos que un niño juegue a las cocinitas?; ¿apoyamos que una niña prefiera jugar al fútbol que ponerse vestiditos y parecer una princesa? En la educación que estamos inculcando a nuestros hijos, un niño que quiera jugar con las muñecas no tendrá la misma libertad que una niña; una niña que quiera jugar al rugby no será mirada de igual modo que un niño.

“Aunque no lo parezca, el azul y el rosa no siempre fueron indicados así”

A las niñas se las acaricia y besa más que a los niños; con las niñas se realizan actividades más tranquilas, menos activas físicamente; a las niñas se las consuela más cuando lloran (porque ‘los niños no lloran’), se las refuerza para mostrar sus sentimientos, para ser más ‘sensibles’… ¿Y a los niños? ¿Qué pasa con ellos? Clasificamos sin quererlo a nuestros hijos, les hacemos ver la influencia de la sociedad en su propia ropa, en su propia identidad.

Pero, ¿hasta dónde llegan las diferencias ‘naturales’ y hasta dónde las intervenciones socio-educativas indirectas? ¿Los niños son más deportistas, más agresivos por naturaleza, o aprenden a serlo por las influencias? Sé que encontrar una respuesta correcta y decisiva para este tipo de preguntas es difícil, pero sería interesante planteárselas, analizando así cómo estamos educando a nuestros hijos y lo que queremos que ellos sean en un futuro. Cada uno de los detalles, cuenta.

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