Érase un hombre a su bigote pegado

Ni mejores ni peores. Educadores de todas las edades, muchos pasamos por una guardería, un colegio, un instituto, una universidad. Dentro de estos aparece una serie de profesores, guías que nos ofrecen conocimientos para hacernos personas de provecho que saben de todo un poco. Y es que la única profesión que da lugar a muchas más es la docencia. De entre todos ellos, hoy recuerdo a uno en concreto. Uno muy especial. Quizás sin sus enseñanzas hoy no estaríais leyéndome. Dejadme que os lo describa un poco.

Nombre compuesto. No os describo la altura con precisión porque para mí, con lo pequeño que era, me parecía enorme. Más enorme, su corazón. Ojos oscuros, tez ni oscura ni clara. La blancura de su encanecido pelo se difuminaba en un gris plateado que contrastaba con su bigote tan característico. Siempre me lo intentaba imaginar sin él. Me costaba: ¡era el señor Bigote!

Este espacio es escaso para alguien como él, pero continúo. Vestido siempre impoluto, paseaba por los pasillos alzando su voz a grito de ‘¡Señores de Primero, a clase!’, sin bajar la mirada. Entraba en clase y enmudecíamos: imponía. Su lugar: la Lengua y la Literatura. Su pasión por ambas se notaba cuando llegaba tal punto que únicamente él entendía lo que hablaba. No olvidaré la de veces que le discutíamos por qué debíamos estudiar sintaxis. Con el paso del tiempo se entiende. El núcleo de cualquier sujeto. La base de un todo. Mil gracias.

‘El profesor mediocre dice. El profesor bueno explica. El profesor excelente inspira’. Quizás en un soneto quedase más bonito, pero yo soy más de prosa poetizada que de versos con una estructura marcada y clasificada. Como os iba diciendo, él era un profesor excelente, un compendio de todo, pero más allá de su trabajo como maestro estaba su particular personalidad. Ante todo, su manera de enseñarnos que la vida es un aprendizaje continuo era inconmensurable; las batallas del rey Arturo eran nimias a su lado.

Afán de aprender, amor por su familia, encanto de persona. Cincuenta y cuatro años y los que le quedan en nuestras mentes. Francisco de Quevedo tenía en su vida y obra a un hombre pegado a una nariz. En la mía y en la de muchos, vive un hombretón pegado a su bigote.

En memoria a Luis Miguel Canales Díez, profesor de las Escuelas Pías de Tenerife.

@arunchulani

*También lo puede leer a través de la página web del Diario de Avisos. Para acceder directamente, haga clic aquí.

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