Lo que no se dice

[Se quedó con todas las frases que dijo. Ella, y las cosas que dijo él. Él recordaba las más importantes: las que nunca le dijo…]

Te quiero. He de comenzar diciéndote que te quiero; ese sentimiento que provocaste aquel día de verano sigue hoy, con más fuerza que nunca. Pero quererte no va enlazado a que tú me quieras. Sé que lo haces, de un modo u otro. Y es más el otro, el que no es igual al mío, el que no quema ni duele. El que no engancha tu cadena con la mía. Me quieres. Y aunque nos queremos, no es suficiente… Ya no.

Te quiero. Debería decir que también te hiero. Aunque todo comenzó un agosto de un año, te conocí mucho antes: un invierno. De otro año. Y sí, yo te quiero, y tú me quieres. No te quema, pero a mí me congela. Y también me duele. Sé que te divierto, pero quizás es solo eso. Una cadena a modo de comba. Un juego para ti… a mí me hieres. Me quieres y hieres. Y aunque nos herimos, algo queda… Aún.

Llegó un momento en el que las sonrisas no son las mismas. Apagar la luz no es sinónimo de soñar; mi almohada dejó de tenerte envidia hace unas semanas. Verte no es vernos, sino tropezarnos. Mis decisiones se convertían en explicaciones cada dos por tres. Por decidir, decidiste que debíamos darnos un tiempo. Mirar con distancia, observar desde lo lejos. Valorar.Y dejar que el amor hable, que nos vuelva a unir recordándonos ese calor veraniego. Las tardes fugaces. Echarnos de menos para seguir escribiendo. O no.

Sí. Al igual que a ti, a mí también se me acaban las sonrisas. Aunque me cuesta horrores. Como me cuesta encender la luz, no verte, y saber que todo ha sido un sueño. Que mi almohada es la que me abraza. Ella está contenta… Yo no. Por más que tropiece con piedras, por más que tropieces tú, no quiero dejar de verte. Pero no puedo seguir dando explicaciones si tú te vas a quedar con tu desconfianza. Confía… pero no en los tiempos. Tú quisiste tiempo; yo te quería a ti. Y así, desde lejos, conseguimos que nos invadiera el frío invernal que quema todo por su paso, dejando tardes heladas. A su vez, tinta congelada. Sin poder escribir. Puede que buscar una alternativa para seguir escribiendo. Sin tinta… o sí. 

Pensaste como yo, pero tú te equivocaste. Quisiste engañarte diciéndote que yo volvería, como siempre, y no fue así. No pensé en ningún momento pasarme por tu trabajo; tampoco llamarte. No iba a coger el móvil ni para mandarte un mísero mensaje. Te equivocaste.

Yo también me equivoqué: “Cuando se piensa más que se siente, es que algo no va bien”. Pero tú nunca lo sabrás. Pensaba que, por una vez, vendrías tú. Se me hacía un nudo en el estómago cuando salía a la calle, cuando el móvil vibraba. Nada. Te esperé, y nada. No pensé en ningún momento pasarme por tu trabajo, es cierto: sencillamente me deshice de los zapatos que conocían el camino. Y el móvil… digamos que ahora está en un mundo mejor. Me llamaba para que te llamara, pero no caí en su trampa. Se cayó, y se calló. Debí llamarte. Puede que me haya equivocado yo…

Y por equivocarte, has dejado de ser: fuiste. Has acabado con todo, aunque te quiero. Pero esto es lo que has elegido. No lo olvides, siempre te quiero, menos cuando te odio, cuando no te convengo, o cuando veo que puedes llegar a querer a otro. No lo olvido. Pero no estarás siempre en mi mente. No sé qué más decirte: me has dejado seco. Poco más que te echaré de menos. Punto y final, supongo…

Por equivocarnos, fuimos, pero aún podríamos ser. En lugar de acabar con los odios, hemos acabado con lo que nos unía. Si hubiéramos elegido juntos, habría optado por desear regresar al punto de partida y hacer buenas elecciones. Para querernos y no herirnos. Yo ya no te hiero, pero sí que te quiero. Siempre te quiero, incluso cuando te odio, cuando no te convengo o cuando veo que puedes llegar a querer a otro. Estarás en mi mente, aunque solo te recordaré cuando no me acuerde de olvidarte. Bueno, y como te dije… mejor no te digo más. Lo que no te digo, lo que no has leído, lo que no has oído, ya te lo dije sin decirlo. Si no lo sabes… es que no me sientes. Poco queda que no decir. Que me quedo con el miedo de echarte de menos y tú no a mí; de olvidarme de echarte de menos y de olvidar por completo qué es echar de menos. Te echaré de menos, pero no seguiré esperándote. Puede que no leas esto, puede que no nos tropecemos mucho más. Y todo porque los dos pusimos un punto, pero tú pusiste el final.

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