El camaleón de Renoir

Los días de Shane ya no son los mismos desde que se mudó a aquella casa. Las paredes, las conversaciones, los despertares. Los amaneceres desde la cama, las noches, más frías. El número de teléfono, el código postal y el cartero también son diferentes. Lo que no ha cambiado es su eterno rival. Del que nunca ha podido deshacerse, el que le persigue a todos lados. Le acecha por las mañanas, le observa mientras se ducha y también antes de dormir. Al salir de casa; también al entrar. De vez en cuando, se le aparece en algunos puntos de su nueva ciudad. Y tan rápido como lo ve, gira la mirada, sigue caminando y… desaparece.

Es camaleónico. La primera vez que se apareció en el nuevo hogar era pronto. El despertador no había sonado y ya estaba en pie. Junto a Shane, estaba él. Muy mimetizado con el entorno, su rival mostraba una tez oscura, con los ojos medio cerrados y las ojeras hasta el suelo. A pesar de ello, tenía buena cara. Su piel parecía la de un bebé. Estaba afeitado: podría ser de la noche anterior. Una sonrisa en su cara, el pelo revuelto y la mirada, penetrante. Fija en su objetivo: Shane. Parecía decirle con los ojos un “buenos días” que él tradujo como “no te quitaré el ojo de encima: no te desharás de mí”. Asustado, corrió a la ducha, dejó correr el agua (bien fría: eso no cambió al mudarse) y se alejó de su gran enemigo. Camisa de botones, pantalón, los mocasines que le regaló su novia, y a la calle. Como siempre, antes de salir, allí estaba. Otra sonrisa y otra mirada. “Que tengas un buen día: ¡cómete el mundo!”. Shane, que no se fiaba ni de las mejores sonrisas, prefirió entender un “sal ahí fuera, a que te coma el mundo”. Quien se quedó sin sonrisa fue él. Mientras, el rival seguía inmóvil, camaleónico, casi difuso en una pintura impresionista que cobraba más fuerza cuanto más la mirabas. Como los trazos de Renoir ante Shane. El camaleón de Renoir.

No era camaleónico. Al menos, no del todo. Con el paso de las horas, los días y las semanas, su rostro tornaba a una tonalidad más oscura que de costumbre, con matices cenizos sin luz alguna. Su mirada, cada vez más baja, a veces ni le miraba. Barba de tres días que pasó a ser de veinte, de veinticinco y de treinta. Actitud desganada, actitud de perdedor. Shane, que se había acostumbrado a volver a verlo cada mañana, empatizaba más y más con él cada segundo que pasaba. El eterno extraño, el siempre observador, vivía sus días más felices y sus no tan felices, sus momentos de enfado y de serenidad. Dejaba de ser impresionista para pasar apercibido; dejaba entrever sus sombras entre las luces más claras del día más soleado, entristeciendo lo que le rodeaba. Dejaba de ser, por instantes, camaleónico. Dejaba de aparecer Renoir: desaparecían los trazos. Y aparecía cada vez más el miedo. Aparecía el alter ego de Borges, el miedo hacia su eterno rival. Sin saberlo ni entenderlo, tenía miedo a su reflejo, a él mismo. A los espejos. Pero Borges era ciego; Shane, por el contrario, no…

Terminó por darse cuenta de que la ventana que creía ver no era más que un espejo que mostraba su realidad. Su barba recién recortada, su polo negro, las gafas de pasta. Él era Shane; Shane era él. Y el espejo, el revelador de lo que su interior veía. Se sentía el nuevo Dorian Gray, capaz de leer su alma a través de su propio reflejo. La alegoría que nunca moría, que día a día le perseguía, y que solo él podía cambiar. Que le perseguía día y noche, por la calle y en su propia casa. Y aunque se vendase los ojos y corriera sin mirar atrás, por más que intentara huir de él mismo… no lo conseguiría. Borges quizás consiguió escapar de su reflejo. Pero Shane podía ver. Tenía que enfrentarse a la realidad y dejar de ser el ciego que no quería ver. Enfrentarse al hombre que se escondía tras la ventana, al que le acecha y le mira fijamente. Al de tez oscura con ojeras, al de la sonrisa sin confianza. Al inseguro. Su eterno rival, su enemigo. Se tenía que enfrentar a sí mismo… al camaleón de Renoir.

@arunchulani

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