Pastillas para no dormir… ni vivir

Tras mucho tiempo sentado en el sofá mirando el reloj, cayó en la cuenta de que no por escuchar el tic-tac con más detenimiento pasaría más rápido el tiempo: todo lo contrario. Abrir el reloj, mover las agujas y adelantarlas tampoco serviría: se decepcionó. No era el dueño del tiempo. Ni del suyo propio. Ni él, ni nadie. Optó por salir de casa, pero no fue diferente. Giraba una y otra vez las esquinas de su calle, como si, de pronto y por sorpresa, una de las esquinas tuviera premio. Pero, por mucho que las doblaba, volvía a encontrarse siempre en el mismo punto. Sin dirección alguna que fuera de importancia, su objetivo no era llegar hasta un lugar en concreto: buscaba dejar que el tiempo pasara, lo más rápido posible.

Volver a casa al hacerse de noche era todo un suplicio. Caminar le distraía, pero una vez en su hogar no podía dejar de pensar en ello. ¿Cuándo llegaría el momento? Llevaba meses a la espera de que llamaran a su móvil. Las películas y su mente jugaban con él, haciéndole pensar que, a la última cucharada de su yogur de coco, sonaría el móvil. Y nada. ‘Esas cosas solo pasan en las películas’, se lamentaba. Pero cada día caía en la misma trampa, en el mismo juego y la misma rutina. Monotonía. A la hora de dormir, la situación no era muy diferente. Estático, sus nervios recorrían los nervios de su cuerpo, erizando sus pelos al pensar que, quizás de madrugada, vibraría el móvil. Pero dieron la una, las dos, las tres. Y siempre daban: no dormía. No llegaba a ser sonámbulo, sino noctámbulo. Vivía veinticuatro horas del día despierto, a base de fármacos que le mantenían despierto. Pastillas para no dormir. Soñaba despierto con que llegara el momento. Llevaba soñándolo hacía meses, sin poder dormir. Había llegado a contar un millón de ovejas en el techo de su habitación. Todas, o casi todas, con algún rasgo de aquello que tanto deseaba. Que tanto anhelaba. Y que seguía esperando con los ojos abiertos a que llegase. Por la ventana, por la puerta: le daba igual. Más bien, esperaba un mensaje al móvil…

No vivía. Tan solo era un cuerpo que andaba sin rumbo, una cabeza sin intereses. Era, para ser exactos, un zombi en vida. En su caso, él no buscaba cerebros que comer. Zombi en cuanto al alma, en cuanto al cuerpo: desvinculadas, iban por separado. No tenía vida, ni alma que le alentase a vivir. Su poca voluntad por invertir su tiempo en algo de provecho le había llevado a la dejadez extrema, a la costumbre de caminar por caminar, soñar despierto por querer soñar. Y acostarse por ser ‘lo normal’, aunque no cerraba los ojos ni un instante.

La monotonía terminó volverle loco. El sueño, también. Y su locura, su única compañera, consiguió que las ovejas que contaba se multiplicaran, que las esquinas pasaran a ser rectas. Veía en su reloj que los minutos pasaban como horas. Rápido, desde su punto de vista, pero realmente lento. Ya no sabía en qué día vivía, si era de noche o de día. Se olvidó del yogur de coco. Y escuchaba el tic-tac continuamente en su cabeza.

De pronto, uno de los días, su móvil iluminó el techo de su habitación. Las ovejas desaparecieron, su cuerpo se levantó de la cama. Cogió el móvil. Un mensaje. Lo abrió:

“He vuelto: aquí estoy. Vuelvo sola. ¿Nos vemos?”

Había llegado el momento. La volvería a ver. A ella, y su sonrisa. Su mirada. Y volvía sola, sin aquel novio con el que se fue. Volvía sola, lo que él había estado esperando desde el momento que ella se fue. “Lo siento, pero nuestro tiempo se acabó. Quizás en un futuro podamos estar juntos, pero no ahora no. De verdad que lo siento. He conocido a otro”, le decía un año atrás. ‘Quizás en un futuro…’, solo escuchó él. No seguirían juntos, pero tenía esperanzas. Y tanta espera había valido la pena, parecía ser. Al día siguiente la vería, la tendría delante y podrían continuar esa historia de amor. Volver a vivir. Se fue a la cama, como de costumbre, a contar ovejas. Se relajó.

Las diez de la mañana. Había quedado en veinte minutos. Pero solo su reloj se acordaba de la cita, además de las ovejas que le miraban desde el techo y la esquina que torcía para escapar del ayer. También se acordaban las pastillas para no dormir, que le miraban desde la mesa. Entre ellas, la que no se tomó anoche. La tensión, los nervios y la alegría que le entraron, le dejaron tan ocupado en pensar qué pasaría al día siguiente que olvidó lo que había sido rutina, lo que había sido no vivir. Y se olvidó de la pastilla. Él, que había soñado con ese momento tantas veces, era el único que no recordaba que quedaban veinte minutos. Ni tampoco tenía idea de la hora que era, si era de día o de noche.

Vivió meses sin vivir para poder vivir lo que no había vivido. Esperaba ese mensaje día a día: todo lo demás, daba igual. Soñaba con ese día. Soñaba despierto. Con pastillas. Soñó en tantas ocasiones con ese momento que, cuando llegó, se quedó dormido…

@arunchulani

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