Monstruos, mejor bajo la cama

Entre el polvo y juguetes olvidados, el monstruo se escondía bajo la cama de Kay, en el rincón de la derecha, tanto de día como de noche. Nadie sabía que allí albergaba un ser diferente, algo especial que tanto miedo ha dado a lo largo de la historia. Para Kay, la existencia del monstruo era desconocida también: no sabía que en su habitación no estaba él solo. Bajo su cabeza, bajo su almohada, ahí estaba. Recogido en sí mismo, encogido y tiritando, parecía tener más miedo el monstruo que su alrededor, sintiéndose un extraño dentro de un mundo que no era el suyo. Pero ahí nadie sabía que él existía. Compartía habitación con Kay…, y él, sin saberlo.

Tanto polvo no es bueno para nadie, terminando con la respiración lenta del monstruo. Aquella noche sería diferente por culpa del estornudo que despertó a Kay, con los ojos como platos por tal sonido. ¿Quién estornudaba, si allí no había nadie más que él? Saltó de la cama, miró a su alrededor. Nadie. Bajo el colchón, el monstruo lo miraba con miedo. Le atemorizaba el bote que sostenía Kay en la mano: podría ser un arma anti-monstruos. El niño, que seguía escuchando la respiración sin saber de dónde procedía, se defendía con un spray anti-mosquitos: lo primero que tenía a mano. De pronto, su mirada coincidió con la de su compañero de habitación. Lo había descubierto, delatado por sus ojos amarillos con un brillo violeta, como dos flores traídas de un planeta muy lejano. Lo único que pudo ver fue eso: el monstruo se volvió a esconder, tan rápido como pudo, debajo de la esquina de la cama.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

La inocencia del niño no lo vio como enemigo, sino como otro pequeño que estaba con miedo, buscando dónde esconderse. Metió su mano por debajo de la cama, intentando ganarse su confianza.

-No te acerques.

-No te tengo miedo.

Parecía estar viviendo aquel cuento que le leyó su padre antes de dormirse. Un mundo bajo su cama que jamás había descubierto y que hoy, gracias a aquel extraño, conocía.

-La gente de tu mundo nos tiene miedo. Y tú, seguro que también.

-Ya te he dicho que no. No me tengas miedo tú a mí, y sal… quiero conocerte. ¿Cómo te llamas?

Salía poco a poco sin darse cuenta. Se sentía cómodo: Kay había conseguido, con su ternura, quitar la coraza de aquel ser jamás visto. No era tal monstruo que podía pensarse; no daba nada de miedo.

-Monstir. Me llamo Monstir. Pero no sabrás más de mí: si te ven conmigo, tendrás problemas. Soy monstruo, de los que temen en tu mundo: me querrán eliminar desde que me vean. Aléjate.

-Mi padre me enseñó que no hay que prejuzgar a las personas, que hay que darles una oportunidad, saber cómo son, intentar entenderlos… y entonces, decidir.

-Pero yo no soy persona…

-Tranquilo: en este mundo hay personas que son más monstruos que otra cosa. O sea, monstruos como tú no, sino seres crueles, viles, que únicamente ven por su propio bolsillo, por su imagen, por su nombre. Seres que salen por la tele y todos odian, que hacen mal las cosas y se salvan por tener algo así como mayoría absoluta. Que no quieren ni Educación, ni Sanidad, ni Cultura. Miran por ellos, por su sexo o su religión… Al menos, eso dice mi padre una y otra vez. Los hay que solo quieren fastidiar a los demás. O quitarle las golosinas al más flojo, como a mí el abusón de mi clase. Pero tú, por ahora, a mí no me has hecho nada de eso. Por ahora, para mí, eres más persona que muchos monstruos de por aquí…

-Lo sé. Y de ellos me escondo hasta que venga a buscarme mi padre.

-Pues bienvenido. Me llamo Kay.

 

@arunchulani

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