Dos tirones, y…

Observaba todo lo que sucedía a su alrededor desde el mejor punto de la ciudad. En lo más alto, su mirada sobrevolaba los edificios, los árboles. La punta del rascacielos no estaba a su altura, no. Los únicos invitados a disfrutar de su espacio eran los pájaros que alcanzaran, con su vuelo, la nube en la que se encontraba. Al menos, aquellos que se mantuvieran en silencio, pausados, tranquilos: aquel era su rincón de desconexión, de relax… y solo para él. Su evasión del mundo, de la realidad. De tanto amarre. Los problemas quedaban abajo, allí, a lo lejos, con todas las personas que andaban de un lado a otro. Pura locura. Una vez a la semana lo necesitaba. Dos tirones de cuerda, cerrar los ojos… había llegado. Boca arriba, mejor que boca abajo. Mirar al suelo ni le distraía, ni le relajaba. Sencillamente se convertía en una vista de pájaro para otear lo que buscaba evitar: de vez en cuando, en tierra, se encontraba a gente aferrada al suelo. Botas de hierro, manos en la baldosa… y que nadie los mueva: no quieren caerse. Quietos. Inmóviles. Estatuas. Poder verlos a más distancia no era, ni de lejos, un privilegio para él. Pudiendo elegir, prefería ver más nubes, saltar de una a otra, siempre con cuidado de no caerse. El golpe sería brutal… aunque no sería el primero. Más de una vez se había caído, confiado él del viento, que ha movido nube cuando no era su turno. Y estar boca arriba no le salvaría de la caída: de boca, y con suerte de conservar los dientes. Aun así, en aquel lugar no disponía de inmunidad: la cuerda por la que subía también sirve para bajar. En ciertos momentos, alguna parte de su cuerpo quedaba atada y conectada a la realidad. Dos tirones de algún gracioso del suelo… y abajo. O si no, un tropiezo casual (o causal). Sea como sea, se acabó el silencio. En su lugar, estatuas. Y él, tirado allí, como una más. Pero quería volver a subir, intentarlo, al menos. Luchar por lo que quería: su espacio, su lugar. Y respirar ese aire… Tocaba volver a levantarse, sin botas que evitaran otra caída. Seguir viviendo. Sin miedo. Vértigo, tampoco. No era la primera caída… ni sería la última.

@arunchulani

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